Nunca resulta fácil decir lo que se siente y mucho menos cuando lo que se escribe no espera ser leído. Se convierte, entonces, únicamente en un ejercicio de sosiego, como si escribiendo lo que sentimos o hemos llegado a sentir nos liberáramos de aquello que nos impide incluso pensar. Tampoco resulta fácil remover recuerdos que creíamos embalados para su viaje final al olvido. De igual manera, no resulta fácil pensar que aún exponiendo lo que sentimos no estamos convencidos de ello o de si merece ser contado. Pero de lo que no hay duda es de que no podemos quedarnos con ese eterno sentimiento.
Y la verdad es que es harto complicado pensar cómo llegamos a esta situación, de qué manera la vida nos sorprende y nos hace jugar cuando no teníamos pensado hacer otra cosa que ser pasivos espectadores del juego en el que otros participaban, y sin darnos cuenta somos nosotros los actores principales.
Cómo una sola palabra nos encadena con eslabones de oro de los cuales ni podemos ni queremos desprendernos, y cómo esa cadena nos enreda cada vez más hasta el punto de quitarnos el aire.
Cómo una mirada nos da la vida y nos marca el camino a seguir. Una mirada curiosa a ratos, esquiva a veces, sincera siempre.
Cómo unos labios nos hacen soñar y maldecir el más preciado despertar. Labios que llegamos a extrañar tanto en la soledad de la noche.
Cómo un aroma nos transporta a mil y un parajes donde siempre quisimos pasar gran parte de nuestra vida.
Cómo una canción nos remueve todo lo que llevamos dentro y hace saltar las ansias de volver atrás.
Cómo el olvido se hace tanto de rogar y no nos deja liberarnos y volver a ser los meros espectadores que fuimos de aquel juego en el que entramos a ciegas y salimos con los ojos vendados.
Nunca resulta fácil reconocer que cometimos errores y clamar "nunca más", porque si pudiera volver, volvería a equivocarme.
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